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Ni siquiera estos adorables gatitos les gustan a todo el mundo |
Acabo de leer uno de estos “listado” recomendación para caerle
bien a todo el mundo, constaba de diez puntos. He visto otro listado de siete
puntos (este trataba de habilidades comunicacionales), y por último otro más
ambicioso de veintidós puntos.
Caramba, cuantos consejos (y muchos de ellos buenos consejos) encaminados
a un objetivo inalcanzable y FALSO: Caer bien a todos.
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Este jugador tampoco lo consigue (bueno marcar gol, si) |
Pensemos en alguien relevante
o conocido muy famoso y aclamado: se me ocurre un futbolista ¿Messi?, pues a
pesar del reconocimiento, galardones y admiración que desata hay aficionados al
fútbol que preferirán a otros jugadores, sobre todo si son seguidores de otro
club.
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Este escritor no atrae a todo el mundo |
Y este compositor, tampoco
O sea, que algo o alguien acierte todas las dianas, a todos
agrade y consiga un criterio unánime en cuanto a su consideración, no es sino
una meta baladí.
Y sin embargo, cuantos pacientes que visito en mi consulta se
imponen a sí mismos este objetivo, el de agradar a todos, no pudiendo resistir
el pensamiento de que alguien les critique, o la posibilidad de ser rechazado,
o que no les considere un buen compañero o un buen amigo, creyendo que su valía
personal es el sumatorio de todas las opiniones que un amplio “demás” (los
demás) emitirán sobre esa persona.
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El temido rechazo |
Ello tiene varias consecuencias, la primera, es que uno deja de
decir sus propias opiniones para no incomodar, para no discutir -aunque en
según qué temas esa parece ser una medida sensata-, para sentirse integrado en
un grupo, con lo cual es muy posible que uno pierda de vista sus propias elecciones
y gustos, y en ese afán de parecernos a los “nuestros” no sabemos quién somos
(cual "zelignianos" protagonistas de la película de nuestra vida).
Otra consecuencia es que esa preocupación por complacer a los
demás nos lleve a no saber decir que no… pensando que así seremos más gratos a
nuestros amigos y a nuestra gente. Pero el
que nunca dice a nada que no acaba sintiéndose víctima de aquellos a los que
deseaba gustar, ya que a veces percibirá que los otros “abusan” de su
confianza. Y es posible que lo hagan, pero es que les hemos mal acostumbrado.
La asertividad (de lo que quería hablar) forma parte de las
habilidades sociales, y se definiría por aquella forma de comunicación que aúna
las conductas y los pensamientos que nos permiten defender nuestros derechos,
sin agredir ni ser agredidos.
En la década de los 40 del siglo XX, el psicólogo conductista Andrew
Salter definió la asertividad como un rasgo de personalidad y pensó que algunas
personas la poseían y otras no. Hablaba de “la expresión de los derechos y
sentimientos personales” hallando que casi todo el mundo podía ser asertivo en
algunas situaciones y absolutamente ineficaz en otras. La máxima diferencia entre
las persona asertivas y las que no desarrollan esta habilidad radicaba, según
Salter, en la falta de confianza y también en la escasa claridad de los
objetivos al comunicarse.
A nivel clínico, lo que observo es que una de las razones por
las que las personas son poco asertivas, se debe a que piensan que no tienen
derecho a sus propias creencias u opiniones, que posiblemente estas serán
erróneas.
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Extraño en ella, Mafalda se muestra poco asertiva |
En este sentido es importante que comprendan que TODO el mundo tiene
derecho a su opinión y a su creencia, y claro está a manifestarlas. Y que
también uno puede equivocarse, existiendo tal posibilidad como un DERECHO
también.
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Aquí el sabio es Miguelito |
Resumiendo, ser una persona con buena asertividad NO implica
tener siempre la razón, sino que esa persona tiene claro que puede expresar sus
opiniones y hacer valer sus gustos con total libertad, con educación y respeto
hacia los otros sin vulnerar los derechos de los demás, puesto que no se hace
con displicencia, desdén, menosprecio o agresividad hacia la otra persona.
La película Zelig (filmada
en 1983) es una comedia de Woody
Allen, en la que se entremezcla el humor característico del director, su pasión
por el jazz y una de sus obsesiones psicológicas, la de la propia identidad y
la identidad social.
La película está filmada como si se tratara de un falso documental
y en su momento fue muy reconocida por la crítica por sus innovaciones técnicas
e interpretativas.
La historia, recorre parte del siglo XX a partir de los
años veinte hasta el final de la década de los sesenta, se centra en un extraño
personaje, Leonard Zelig que empieza a alcanzar notoriedad pública por sus
repetidas apariciones en diferentes lugares y con distintos aspectos: así vemos
a Leonard Zelig en en momento de la Gran Depresión económica de los Estados
Unidos, en la Alemania nazi de Hitler, en la mansión del magnate William
Randolph Hearst y en la II Guerra Mundial.
Zelig tiene la capacidad de cambiar su apariencia física,
adaptándose al medio en el que se encuentra, por lo que se le acaba conociendo
como el “Hombre Camaleón”, si está con un judío ortodoxo le crecen barbas y
tirabuzones; si habla con una persona de raza negra, su piel se oscurece; y si
está con algún oriental pasa a tener ojos achinados.
Pero no solo su aspecto físico cambia, su forma de hablar,
sus maneras, y quien cree ser: así será un psiquiatra más frente a los
psiquiatras que le atienden y estudian su caso.
Zelig será tratado por la doctora Eudora Fletcher, una
psicoanalista persistente y ambiciosa que también desea reconocimiento, además
de diagnosticar y ayudar a Leonard. La Doctora Fletcher llega a descubrir en
Zelig un caso extremo de inseguridad, por lo que se camufla entre las personas,
adoptando su total apariencia y su ser para poder ser aceptado.
El propio director habla de su película, y de los peligros de renunciar a los propios principios y personalidad "para no causar problemas".
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